15 de junio de 2010

Vida, un regalo de lo alto

En estos últimos días, nuestra sociedad se vio conmovida por tristes episodios de suicidios de nuestras jóvenes, sombrías actitudes que nos debe llevar a reflexionar sobre el don preciado de la vida. Muchos se han consternado con estas noticias, otros ni se han enterado de lo ocurrido. Lo cierto es que vivimos tiempos en los que sobran motivos para estar tristes, desanimados y con una mirada ausente del horizonte que nos marca lo hermosa que es la vida, don preciado de Dios. Frente a todas estas situaciones que nos toca vivir, es necesario e indispensable mirar la vida con esperanza y con los ojos puestos en la fe.

Uno de los pasos fundamentales para multiplicar el don precioso de la vida es llenar nuestros pensamientos, diálogos y relaciones interpersonales con palabras, ideas y actitudes positivas. Saber que Dios nos ha creado con todos los dones necesarios para ser felices y hacer felices a quienes nos rodean. Y cuando se enfrenta la vida y los problemas cotidianos con optimismo no serán imposibles superarlos. No hay duda que el tiempo resuelve y cura muchas heridas de la vida. En este sentido, estoy seguro de que si generáramos pequeños cambios en nuestras actitudes y nuestra manera de ver las cosas, éstas cambiarían más de lo que nos imaginamos.

En muchas ocasiones, lo que nos quita serenidad en la vida es el sentimiento de culpa que nos lleva a mirar al pasado con resentimiento. La culpa nos mantiene esclavos de situaciones vividas y nos lleva a evaluar y juzgar continuamente nuestro pasado. Creo que para poder superarla, la fe juega un papel muy importante. Una buena confesión, un verdadero acto de reconciliación y un diálogo sincero con las personas que nos han herido, puede liberarnos de muchas culpas. Frente a tantas experiencias negativas del pasado, es importante mirar hacia adelante con esperanza y sabiendo que tenemos una misión que cumplir en la vida.

Reconocer las virtudes, los dones y talentos que Dios nos ha dado y hacer un verdadero esfuerzo personal para multiplicarlos para bien propio y el de los demás, sería un camino muy sencillo y simple para superar tantas situaciones adversas y desagradables en la vida.

Otro de los aspectos fundamentales de la vida es aprender a disfrutar de los pequeños logros y bendiciones que Dios va derramando en el camino de nuestro existir. A menudo evaluamos la vida por los grandes éxitos que alcanzamos en el correr de los años y el no poder lograrlos nos deprime y entristece. La alegría de la vida no depende de los grandes éxitos, sino de los pequeños momentos de gozo que somos capaces de disfrutar a diario. No es que estas situaciones no existan, sino que hay que reconocerlas y disfrutarlas, como dijo Benjamín Franklin: “No es rico el que tiene mucho, sino el que disfruta de lo que tiene”. De eso depende nuestra alegría de vivir.

En estos tiempos en los que mucho preocupan los logros materiales, bueno sería que nuestra vida tenga un espacio sincero de oración que nos llene de una verdadera búsqueda de Dios en las cosas cotidianas. Muchas veces cuando perdemos el sentido de la búsqueda, el sentido de la transcendencia, las vivencias pierden el sabor. Es ahí donde perdemos el sentido de la vida. Como cristianos y bautizados estamos invitados a profundizar nuestra búsqueda de Dios en nuestras experiencias humanas y encontrar el sustento de nuestra esperanza en un Dios que nos ama y sostiene siempre. Esta búsqueda sincera nos llena de esperanza plena en la acción de un Dios, que como dice San Pablo, “nos llena de toda clase de bendiciones para el bien de los que Él ama”.

Por eso confiemos en Dios y abandonémonos en su Divina Providencia para seguir adelante con fortaleza y esperanza, sabiendo que la vida es un regalo de Dios y vale la pena vivirla con alegría y entusiasmo.

P. Juan Rajimon
Misionero del Verbo Divino

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